Siempre he querido vivir en un mundo
contigo. Nuestra vida, nuestras locuras, nosotros... Siempre he
querido que fueses tú el que picase a la puerta después de trabajar
en tardes de lluvia, que me abrazases todas las noches como si
siempre fuese invierno, y que todo el desastre de tu habitación se
trasladase a la mía. Siempre te he imaginado con 30, 50 y 80 años...
Sonriéndome. Si algo tenía claro es que tu sonrisa y tu forma de
mirarme no iban a cambiar nunca. Quería que fueses esa persona con
la que bailar nuestra canción durante el resto de mi vida, que
nuestros hijos se pareciesen a ti. Joder quería hacerte feliz toda
tu vida. Quería quitarte tu mal humor de por las mañanas comiéndote
a besos en la ducha. Quería pasarme las noches debajo de una manta
en el sofá calentando mis pies con los tuyos. Quería perderme
contigo todos los fines de semana. Quería luchar por ti lo que no
había luchado por mi. Quería sentir que podía dar todo lo que yo
era a una persona que era todo lo que yo quería. Quería hacerte
feliz porque así yo era feliz. No era la historia de siempre, esa de
“tu felicidad no debe depender de nadie”, no. Simplemente un día
me dijeron que hiciese todo aquello que me hiciera feliz. Y te hice a
ti. Y a partir de ese momento supe que mi forma de ser feliz era
haciéndote feliz a ti. Pero ya sabes todo eso de que no siempre se
comen perdices... Pues te digo que no siempre se acaba siendo feliz.
Ojalá pudiese repetir todo lo que fuimos. Y lo volveré a repetir,
pero no serás tú ni seré esta yo. Y posiblemente tenga una sonrisa
distinta con la que sonreírme con 30, 50 y 80 años. Y ojalá
recuperase ese vicio que al final fue lo único que quedó
uniéndonos, dejándonos ese vacío que sufre un exdrogadicto, un
exalcóholico... o nosotros.
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